Pytanie
Vas a leer dos textos acerca de la soledad. Realiza las tareas 4.1.–4.8.
Texto 1
LA SOLEDAD HAY QUE GANÁRSELA
1. Tenía yo nueve años cuando comprendí que la soledad hay que ganársela. Un niño del
barrio, desordenadamente alegre, decidió que iba a venir a jugar conmigo. A mi casa
y sin consenso. Yo le respondí que no hacía falta, pero, dada la dimensión de su alegría
natural, el mensaje no caló. Conforme avanzó la mañana, le pedí unas cuantas veces
que se fuera. Me ignoró. A eso del mediodía, harto de verle toquetear mis cosas, abrí
la ventana, lo cogí en volandas y lo tiré a la calle. Por suerte, no había una gran altura.
Después le arrojé el abrigo y cerré. Entonces, cuando creía que iba a empezar a sentirme
culpable, me sentí bien. Sentí paz. Sentí la calma inmensa de la soledad.
2. Al poco tiempo, una vecina me trajo a su nieto. También para jugar. Era una tarde de
junio y en los planes de la mujer estaba que nos hiciéramos amigos y pasásemos
el verano juntos. Juntos. Tres meses. Me pareció una idea aterradora y calibré al nuevo
niño para lo de la ventana. Imposible; era más fuerte que yo, más bruto que yo y no hacía
falta ser Einstein para saber que se había peleado más veces que yo. Asentí y respondí:
«Vale, juguemos. Yo juego a pasear». «¿A pasear?», preguntó. «A pasear», respondí.
3. Lo tuve al pobre paseando hasta la noche por los prados más inhóspitos que conocía.
Paseamos hasta el límite humano del aburrimiento. Yo no podía más, pero fingía gozo
ante la hierba o los caracoles. Ni siquiera le tiramos una piedra a una vaca. Una hora.
Dos. Cinco. Desolado, preguntó: «¿Y siempre haces esto?». «Sí, siempre», respondí.
Obviamente, no volvió.
4. Entonces no lo sabía, pero aunque no sentía ni pizca de vergüenza, había empezado
a sentir la presión social en contra de la soledad. Presión que me llevaría años después
a ejercerla de tapadillo, a poner excusas, a sentirme raro y hasta a negarme a ella. Y no.
Ha llegado el momento de decir basta. Porque la soledad no se ejerce contra nadie, sino
a favor de uno. No somos raros, ni asociales, ni antipáticos. Y no es vergonzoso.
Es bueno.
5. 5. Decidir estar solo es premiarse con uno mismo. Es un tributo. Es regalarte un pedazo de
ti a ti. Es un acto de amor. Estar con los demás es bello, y las mejores cosas de la vida
nos suceden en compañía. Pero necesitar una cosa no implica renunciar a la otra.
6. Yo no conozco paz ni descanso ni reflexión como las solitarias. Y lo reivindico. Y os digo
a los solitarios que aún no hayáis salido del armario que no estáis solos. Bueno, solos sí
estáis, pero no sois raros. Somos legión. Lo que pasa es que somos la única legión del
mundo que, si se juntase, se molestaría a sí misma. Y, claro, los demás se aprovechan
y nos atacan por ese flanco. No nos rindamos.
Adaptado de www.elmundo.es
Elige la respuesta correcta para las preguntas 4.1.–4.4. de entre las cuatro opcionesque se ofrecen (A, B, C o D) de acuerdo con el contenido del Texto 1 y márcala con un círculo.
4.1. Por el primer párrafo nos enteramos de que para liberarse de la compañía indeseada, el protagonista
A. recurrió a un acto de violencia.
B. ignoró las peticiones de su huésped.
C. amenazó al chico con tirarle por la ventana.
D. prohibió al intruso tocar cualquier cosa suya.
4.2. La verdadera intención del protagonista de llevar al nieto de su vecina a pasear fue
A. enseñarle su juego favorito.
B. averiguar si podían hacerse amigos.
C. despertar la curiosidad del chico por la naturaleza
D. disuadirlo del propósito de seguir yendo a su casa.
4.3. En el cuarto párrafo el narrador confiesa que hasta hace poco
A. se avergonzaba de ser un solitario.
B. se plegaba ante la imposición del entorno.
C. buscaba la aceptación de sus preferencias.
D. admitía sin reparos su condición de solitario.
4.4. La intención del narrador es
A. vanagloriarse de ser una persona excéntrica.
B. cuestionar los hábitos de la gente sociable.
C. disculparse por su actitud hacia los demás.
D. reclamar el derecho a ejercer su voluntad.
Texto 2
UN CUENTO DE AMOR Y SOLEDAD
Sus pasos eran los de un fantasma atravesando las calles del puerto, de esos fantasmas
que puedes ver paseándose, conversando, fumándose un cigarro o mojándose bajo la lluvia,
sin embargo, nunca tienes la certeza de su inmortalidad porque en el puerto de Valparaíso
todas las noches como esas albergan en sus calles y soportan en sus aceras a estos
caminantes perdidos.
La dirección obligada esa tarde era el cine, no porque el muchacho lo hubiera planeado
sino porque sus pasos, largos y frágiles, lo habían llevado al cine Brasilia. Era una noche
fresca, como esas típicas noches en el puerto que invitan al descanso y al amor, tal vez por
eso la fila de parejas dispuestas a comprar el boleto de la primera cita autorizada era tan
larga. El delgado y lánguido joven hizo la fila detrás de una de ellas. Los jóvenes
conversaban mirándose a los ojos, buscándose en las pupilas, husmeando palabras entre
los labios. Hugo se sentía incómodo porque no entendía por qué sus pies lo habían traído
hasta la boletería del cine y ahora lo obligaban a meterse la mano en el bolsillo, sacar
dinero, comprar un boleto y entrar. No había siquiera mirado la cartelera, como si su mente
se hubiera encontrado vagando entre las luces, mientras él cruzaba la puerta de la sala
oscura, sentándose por inercia en la última fila, esperando a que aparecieran las primeras
gráficas en la pantalla.
Tal fue su asombro cuando con letras amarillas y relucientes el nombre de la película
El incomprendido se presentó ante los espectadores que su boca dejó entreabrirse para que
saliera un aliento de desconcierto. Olvidándose de sus pudores, tentó sus ojos con lágrimas
puesto que una pantalla de cine en el país más recóndito del mundo le había leído el alma
en dos palabras, en un idioma que refina hasta las palabras más feas, y en una tarde que
era como ninguna otra.
Hugo pasó varias semanas mirando la misma película. No parecía preocupado por
perder media tarde en una sala de cine. Su deseo de encontrarle sentido a la casualidad
sorpresiva se convirtió en una obsesión. No tenía las menores ansias de volver a casa. Allí
no encontraba sosiego, más bien todo lo contrario: sus padres, ahora solos con él, estaban
a medio segundo de matarse a punta de miradas cada vez que se cruzaban. Sus hermanas
mayores ya se habían marchado del hogar, bajo el brazo de sus flamantes esposos.
Las tres princesas habían tenido suerte de contraer nupcias con príncipes azules, pero que
en realidad nada tenían que ver con los de los cuentos de hadas.
A los catorce años Hugo se dejó invadir por una temprana soledad existencial que se
acrecentaba con los días y con las cenas familiares en silencio. Y cuando sus padres
empezaron a hablar de la separación, se sentía como si fuera un mueble viejo con el que
nadie quiere quedarse cuando se cambia de casa. Que le dejen en paz, no quiere ver malas
caras todos los días, quiere estar tranquilo él y su soledad, él y las calles de su puerto.
Adaptado de Hugo González, Un cuento de amor y soledad
Completa las oraciones que se presentan (4.5.–4.8.) de acuerdo con el contenido del Texto 2. Intenta hacerlo de la manera más precisa. En cada espacio no puedes escribir más de siete palabras.
4.5. Haciendo la cola para entrar en el cine Hugo estaba molesto porque ignoraba la razón
_____________________________________________________________________.
4.6. Al leer el título de la película Hugo se sintió ___________________________________
___________________________________.
4.7. El contexto en que aparece la expresión “príncipes azules” indica que Hugo _________
_________________________________________________________ a sus cuñados.
4.8. El ambiente que reinaba en casa de Hugo ____________________________________
__________________________________ al muchacho.
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